Por Gerardo Távara
Como sucede en cada elección general, la atención de la ciudadanía y de la prensa está mucho más centrada en las candidaturas presidenciales que en las parlamentarias. Se trata de una deficiencia que debemos y podemos superar si de verdad queremos afianzar la institucionalidad democrática.
Durante el quinquenio 2016 – 2021 es sido evidente la importancia que puede tener el Congreso de la República para dar estabilidad o –como es el caso reciente- generar inestabilidad, lamentablemente. Durante este período, tuvimos cuatro presidentes de la República -uno de ellos por menos de una semana- y dos congresos, el segundo de un año y medio de duración. Toca elegir mejor, pero no es suficiente.
El libro que ha publicado Martín Hidalgo titulado Congresopedia (Planeta, 2021), contiene datos relevantes para pensar en reformas que nos lleven hacia un mejor Congreso. Hidalgo propone una ecuación para medir cuán representativos son nuestros congresistas: tomando como referencia el porcentaje de ausentismo más el porcentaje de votos nulos y blancos obtiene el total de votos válidos alcanzados por cada partido que llegó al Congreso entre las elecciones generales del 2000 y las parlamentarias extraordinarias del 2020. El resultado muestra que los partidos que tienen asiento en el actual Congreso representan apenas 40.98% del electorado hábil.
Esto me lleva a pensar nuevamente en la necesidad de revisar los criterios sobre los cuales conformamos el Congreso. Voy a centrarme en uno: el mecanismo empleado para asignar curules. El principio es convertir votos en escaños, sobre el cual el criterio aplicado en el Perú es el del tamaño de la población electoral. A cada una de las 27 circunscripciones electorales se le asigna un escaño y los demás son distribuidos de forma proporcional al número de electores; así, los departamentos con mayor electorado tienen más congresistas (Lima Metropolitana tiene 33 de los 130) mientras que los de menor población se ven débilmente representados: Madre de Dios tiene apenas un congresista, aunque en ese departamento se concentren problemas tan graves como la trata de personas, explotación sexual infantil, tala y minería ilegal, contrabando, entre otros, y tiene un territorio mucho mayor al de la capital.
El criterio de número de congresistas según el número de electores se rompe sólo en el caso de Lima provincias, que tiene cuatro, y en el recientemente creado distrito electoral de peruanos en el exterior al que se asigna dos congresistas para casi un millón de electores, sin importar el territorio (país) en que se encuentren.
Al poner en discusión el criterio con el cual se asigna escaños en el Perú quiero dejar en claro que no comparto la disyuntiva entre distritos plurinominales y distritos uninominales, como proponen algunos para llevarnos hacia el bipartidismo. No es viable ni adecuado en un país tan diverso económica, social y culturalmente como es el Perú, con organizaciones políticas extremadamente débiles y alta conflictividad social.
Propongo que avancemos hacia una renovada conformación del Congreso de la República que incluya diversas formas de elegir. Lima Metropolitana, por ejemplo, debería ser dividida en distritos electorales más pequeños y representativos de “las Limas” realmente existentes; lo mismo podría ocurrir con distritos electorales como Arequipa que concentra el 80% de su población en una sola provincia, o en La Libertad y Piura en los que es perfectamente distinguible las provincias de la costa con las de la sierra. El criterio “tamaño de la población” puede mantenerse, pero sin ser aplicado como si fuésemos un país plano, uniforme, homogéneo.
Por lo mismo, debemos considerar una reserva de escaños para los 51 pueblos originarios de la Amazonía que suman más de 300 mil habitantes, hablan 44 lenguas diferentes y se agrupan en comunidades dispersas y de difícil conexión con las zonas urbanas. Haríamos bien en crear un distrito electoral especial para los peruanos y peruanas que habitan las comunidades amazónicas. Colombia lo tiene y Chile acaba de establecerlo para la constituyente.
El Perú del Bicentenario debe y puede ser capaz de rediseñar el Congreso de forma tal que –reconociendo nuestra diversidad- tengamos diversas formas de elegir congresistas para lograr una mejor representación.