El 22 de junio de 1945 culminaba en Okinawa una de los episodios más atroces de la historia de la humanidad… y uno de los más ocultados. La manipulación historiográfica llama a este acontecimiento «La batalla de Okinawa» (1 de abril al 22 de junio de 1945), pero en realidad fue la crónica del único enfrentamiento entre Japón y Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial en territorio japonés y en donde la única víctima fue el pueblo de Okinawa. El saldo: la muerte de 150,000 civiles y soldados okinawenses, y de 12,000 soldados estadounidenses, cientos de miles de damnificados, casas destruidas, familias desmembradas, la naturaleza aniquilada. En solo 82 días, un tercio de la isla de Okinawa y todas sus riquezas culturales e identitarias -Templo de Shuri, ciudad de Naha, santuarios, aldeas y sembríos- fueron arrasadas bajo los bombardeos. Después, con masculina grandilocuencia y absurdo cinismo, los cronistas bautizaron a este holocausto: ‘Tifón de acero’ o ‘Viento violento de acero’, como si fuese un despliegue festivo de fuegos artificiales.
Ahora bien, ¿por qué este hecho, sucedido hace tantos años y al otro lado del Pacífico, habría de importarle al Perú?, ¿por qué debería captar la atención a nuestro país pluricultural? Resulta imperativo que en la conmemoración del Bicentenario se incorpore la memoria y la experiencia histórica de peruanos y peruanas de origen asiático. Al menos, eso sentimos quienes conformamos la comunidad nikkei o peruanas/os de origen japonés, pero este es un tema muy amplio que desarrollaré en otra oportunidad. El hecho concreto es que actualmente el 70% de la comunidad nikkei es de origen okinawense y, por ello, este suceso de la historia debería revestir interés porque forma parte de la vida afectiva de un grupo de connacionales. Apelando a la sensibilidad de quien me lee y en un esfuerzo de abstracción, le invito a que nos remontemos a junio de 1945 en Perú: las familias inmigrantes de Okinawa oyen en las radios la matanza de sus familiares en la tierra que dejaron; día tras día la impotencia y la angustia envuelven sus días. En sus mentes una pregunta lacera como un cuchillo: ¿qué hizo la pacífica Okinawa para merecer eso?
Antes Okinawa se llamaba Uchinaa y era parte del Reino de Ryu Kyu. Ubicada en el sur más remoto de Japón, durante siglos tuvo su propio territorio, historia, idioma, administración política y manifestaciones artísticas, hasta que el Emperador Meiji decidió anexarlo por su ubicación estratégica y como parte de su ambicioso proyecto de estado nación; en 1879, lo bautizó: Prefectura de Okinawa. Su plan no le costó mucho esfuerzo: Ryu Kyu era absolutamente pacífico, durante siglos evitó el confrontamiento y pagaba tributos al imperio chino -quien creía que le pertenecía- y al virreinato japonés de Satsuma -quien también creía que le pertenecía-. Lo cierto es que la gente uchinanchuu solo se pertenecía a sí misma; la diplomacia y la capacidad de negociación que poseían les había librado de toda guerra. Budistamente, les daba a los demás lo que querían. Sin embargo, a principios del siglo XX y en pleno proceso de sometimiento, se produce la diáspora y sin haber sido completamente asimilados al imperio japonés, hombres y mujeres okinawenses trasladaron su cultura a lugares como Perú o Hawái, manteniendo intactas sus tradiciones, filosofías y modos de vida. Esa es la historia que hemos heredado sus descendientes.
Pero volvamos a la infamia de la guerra. A punto de ser derrotada, Japón ordenó a Okinawa convertirse en un muro de carne y demorar la invasión a Tokio. Sin armas certeras y mal preparados, la masacre fue inminente. Con la derrota, el ejército imperial japonés entregó a Okinawa como trofeo y de 1945 a 1972 fue condenada a existir como una nación paria, invadida y sin nacionalidad. A pesar de su retorno a Japón, hace 49 años, la base naval más grande de Estados Unidos aún ocupa el 20% de su territorio. La invasión sigue vigente. Okinawa libró una sola guerra en su historia y la herida permanece abierta, incluso en sus descendientes nikkei en Perú.