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DE INFIDELIDADES Y OTROS DEMONIOS

En la última semana un episodio de infidelidad sumamente común en la sociedad peruana, que en los últimos años se ha convertido en tema infaltable en la televisión abierta, me lleva a sacar al aire un problema estructural mucho más profundo y preocupante.

La degradación de la televisión peruana comenzó en los años 90, con la política implementada por Montesinos -que los romanos denominaron en su tiempo con inteligencia: pan y circo-, para distraer a la población de las atrocidades que el gobierno dictatorial de Fujimori hacía tras bambalinas. Si hubo un espacio emblemático de ese periodo, fue el de la abogada Laura Bozo, claro; pero en el mismo tiempo Magaly Medina, que alguna vez fue una periodista política, empezó su transición hacia uno de los personajes más bajos de la televisión, dedicado a ventilar en sus espacios la vida y miserias de la farándula peruana, creando un contenido degradante que de la manera más vulgar y descarada -a lo Rubén Blades- se convirtió en el favorito de las noches dictatoriales.

Y de muchas luego de ese tiempo oscuro.

Pero a la vez, esta seguidilla de programas de la más baja calidad inventiva, destinados a despertar únicamente el morbo de los peruanos, y mantenerlos día a día como una audiencia cautiva, terminó por demostrar de qué clase de valores estamos hechos: un público aficionado a la vida privada de las celebridades, para quien se ventila públicamente sobre todo sus relaciones e infidelidades; luego, estas figuras públicas son recicladas y contratadas para conducir y participar de programas de espectáculos en los que se explota estos temas diariamente para obtener rating. Y así en una espiral que parece no tener final.

Lo peor de todo este esquema es que, basados en esta valoración, se consigue hacer un show público de algo que debería quedar en lo más íntimo, que lo único que logra es poner en claro cuánto desprecio sentimos por el valor de las relaciones humanas, y cómo este desprecio hace, sobre todo, más pronunciadas las diferencias entre sexos, y el poder de un patriarcado que va más allá de lo que podríamos desear.

Para entender la situación un poco más, traigo a referencia uno de esos casos,  ventilado hace unos meses, en el que la protagonista era una mujer: la reacción social general fue hacer escarnio de  esa persona hasta que terminó despedida, con programetes de farándula tildándola de lo que pudieron; estos espacios utilizaron en su contra un supuestamente fallido rol como mujer incólume, que debe dedicarse al cuidado de su familia y a la crianza de sus hijos. Claro, el psicólogo emblemático de la farándula le dedicó no un diagnóstico, sino un sin fin de apodos degradantes de la manera mas cínica. ¡Cuán hipócrita y machista esta situación, reflejada en el caso contrario, donde el hombre es señalado como un héroe que se disculpa y se preocupa por su familia, y no se burlan de él, sino que lo premian con una actitud conciliadora y condescendiente!

Sé que puede parecer un problema superficial, pero esto de lo que escribo hoy define muchas de nuestras relaciones, no solo humanas sino también profesionales: en ellas las mujeres siempre somos las que debemos conservar la compostura o aceptar las consecuencias de nuestros actos, lo que nos ubica en una posición de vulnerabilidad profesional y personal, en la que se nos define en base a un rol supuesto y no a nuestra valoración como humanos o personas. ¡Obviamente siempre perderemos! ¿Cómo podemos pretender tener cualquier tipo de salvaguarda para violaciones o abusos, si es que por una simple infidelidad se nos valora tan solo como un objeto con un papel asignado, y no como seres humanos conscientes y merecedores de respeto y derechos, al igual que los hombres?

Todo esto debería comprometernos a la búsqueda de un cambio estructural y social profundo en estos asuntos, donde el pilar principal sea la educación sexual integral no para mantener la monogamia -algo que se considera en muchas formas imposible- sino para poder tener la franqueza de respetar al otro sea cual fuere la situación, respetar desde niños los derechos y deberes de ambos sexos, y nuestros límites como seres humanos en las relaciones de pareja. Esa es la única manera en la que nos convertiremos en una sociedad mejor, donde podamos, en algún momento, evitar que los niños, las niñas y las mujeres seamos considerados objetos y no personas.

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