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¿RASSEMBLEMENT A LA VISTA?

El 10 de abril se llevó a cabo la primera ronda de las elecciones presidenciales en Francia. Tras una campaña que enfrentó a 12 candidatos, Emmanuel Macron (27,84%) y Marine Le Pen (23,15%) obtuvieron las dos primeras mayorías y competirán en la segunda ronda el 24 de abril. Se repite la dupla de la elección anterior, pero con una mayor diferencia entre ambos (en 2017, Macron obtuvo la primera mayoría con 24,01% frente al 21,30% de Le Pen). Asimismo, pese a las iniciativas organizadas para fomentar la participación electoral, la abstención se situó en 26,31%. Este dato, unido a la debacle de los partidos tradicionales (Valérie Pécresse de Los Republicanos y Anne Hidalgo del Partido Socialista apenas sumaron el 6,53% de los votos entre ambas), brinda una idea del descontento de los ciudadanos franceses frente a la política del país.

Las elecciones se desarrollaron en un contexto difícil. En marzo de 2022, la inflación alcanzó el 7,5% en la zona euro y el 5,1% en Francia. Ello explica la centralidad de este tema durante toda la campaña. Le Pen fue la más proactiva al respecto y ello le ayudó a mejorar su imagen. En contraste con su reputación habitual de candidata extremista, la articulación de su campaña alrededor de la recuperación del poder adquisitivo le permitió mostrar un perfil más empático y en sintonía con las preocupaciones reales de la ciudadanía. En el caso de Macron, su primera mayoría no oculta el hecho de que enfrentó un importante descontento social a lo largo de su presidencia. El alza de los precios del combustible y la energía, la obligación de presentar el pase sanitario para acceder a lugares públicos y su intención declarada de restringir aún más la vida social de los ciudadanos no vacunados contra el Covid-19 provocaron protestas inspiradas en el Convoy de la Libertad canadiense y cercanas al movimiento de los Chalecos Amarillos que ya había desafiado al gobierno a finales de 2018.

La guerra en Ucrania revivió el viejo debate sobre la permanencia de Francia en la OTAN. Desde la izquierda, Jean-Luc Mélenchon, Philippe Poutou, Fabien Roussel y Nathalie Arthaud plantearon una salida total de la alianza atlántica. Desde la derecha, Marine Le Pen, Éric Zemmour y Nicolas Dupont-Aignan propusieron abandonar únicamente el comando integrado, tal como hizo Charles de Gaulle en 1966. Macron, quien se había mostrado crítico de la OTAN en 2019, reconoció la importancia actual de la alianza atlántica e hizo del terreno internacional su mejor carta de presentación. Así, mientras que Le Pen fue severamente criticada por sus vínculos con Vladimir Putin, él aprovechó la presidencia temporal del Consejo de la Unión Europea y las negociaciones sobre Ucrania para proyectar una imagen de sí mismo como un líder europeísta, cooperativo e influyente.

De cara a la segunda ronda, solo dos candidatos (Éric Zemmour y Nicolas Dupont-Aignan) expresaron su apoyo a Marine Le Pen, mientras que otros seis (Jean-Luc Mélenchon, Valérie Pécresse, Anne Hidalgo, Fabien Roussel, Yannick Jadot y Philippe Poutou) llamaron a sus electores a rechazarla, ya sea votando por Emmanuel Macron o simplemente evitando votar por ella. Este comportamiento de barrera existe desde la primera vez que un líder del Frente Nacional (hoy Reagrupamiento Nacional) logró pasar a una segunda ronda y se basa en la creencia firme de que cualquier opción es preferible a una victoria de la extrema derecha. En 2002, la aplicación de dicha estrategia en contra de Jean-Marie Le Pen permitió la victoria de Jacques Chirac. Veinte años después, ¿seguirá siendo posible?

Es posible, pero también es más difícil. El equipo de campaña de Macron tendrá un arduo trabajo por delante y no debería confiar únicamente en los efectos del comportamiento de barrera. En 2017, el rechazo contra Le Pen confluyó con la ilusión por un Macron joven, relativamente alejado de las etiquetas tradicionales de izquierda y derecha, y perteneciente a un movimiento recién fundado en lugar de un partido establecido. Esta vez, al menos dos cosas han cambiado. Por un lado, Le Pen se ve menos amenazante. En una curiosa mezcla de virtú y fortuna, sus muestras de empatía hacia quienes más sufren por la inflación y la aparición de Zemmour como un candidato situado aún más a la derecha que ella han coincidido para brindarle una imagen menos radical, más cercana a la ciudadanía y más presidenciable. Por otro lado, Macron se ve menos confiable. Si bien lo sigue siendo como representante de Francia en el exterior, los desaciertos de su gobierno le han generado una imagen de presidente arrogante y desconectado de la ciudadanía.

Sin negar que aún existe un electorado que acudirá a las urnas el 24 de abril convencido de que un gobierno de Le Pen sería nefasto para Francia, es necesario apuntar también a aquellos que no creen que un gobierno de Macron ayudaría a solucionar sus problemas. No se puede perder de vista que Mélenchon, el candidato de izquierda radical que ocupó el tercer lugar con un porcentaje muy cercano al de Le Pen (21,95%), fue el preferido por los electores más jóvenes (18-24 años) y el más votado en 12 departamentos. Existen, por lo tanto, demandas sociales y territoriales que deberán ser incorporadas a los programas para la segunda ronda.

Rassemblement significa reagrupamiento y forma parte del nombre del partido de Le Pen. Pero es también el concepto que inspiró el lema de campaña de Macron “Nous tous” (todos nosotros), en referencia a su intención de reagrupar a los ciudadanos franceses en torno a un proyecto de futuro. La segunda ronda revelará si el presidente-candidato está a la altura de su declaración de intenciones. Tal como escribió un periodista de la BBC, “el voto anti-Le Pen y el voto anti-Macron ahora convergen; el primero bajando y el segundo subiendo”. En dos semanas se verá qué tipo de rassemblement resulta vencedor: el de la nación o el de la ciudadanía.

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