Pocos dudan de que la tecnología permite que la economía sea más eficiente, eficas y productiva. Sin embargo, ¿podríamos vivir en un mundo sin Internet?
En su artículo «La economía de los robots», Luis Meyer de Ethic reflexiona sobre la economía digital. Algo que Meyer de entrada pone sobre el tablero es depende del uso que le demos. La tecnología será nuestra mejor aliada o nuestro peor enemigo.
La periodista Esther Paniagua, autora de Error 404, reveló a Ethic. ¿Preparados para un mundo sin internet?:
«Si bien es obvio que la pandemia ha acelerado la digitalización, el teletrabajo, la telesocialización y la telemedicina, entre otros, a menudo sucede que la tecnología está lista para implantarse, pero la sociedad no lo está para adoptarla. Es decir, el cambio tecnológico per se no es el problema, sino que, para realmente aprovechar las oportunidades de esas herramientas, se necesita un cambio de mentalidad».
Una mentalidad abierta, en cualquier caso, que absorba escenarios nuevos, de entrada inadmisibles e incomprensibles para muchos.
El reverso del metaverso
Cuando Mark Zuckerberg anunció hace unos meses que pronto Facebook saltaría de las pantallas para invadir el mundo real (Meta), muchos expertos lo compararon con el momento en que Steve Jobs mostró al mundo el primer iPhone en 2008. Si entonces el producto de Apple supuso un cambio radical en la manera de acceder a la información, ahora a esa revolución se le añade la tercera dimensión. «Es una experiencia inmersiva plenamente conectada a internet, en una tridimensionalidad donde cabe la socialización y una variable que no podemos obviar: la economía», afirma Óscar Peña, director de Innovación y Tecnología de la consultora Wunderman Thompson a Ethic.
Actualmente, todos los metaversos menos Zepeto (creado en Corea del Sur) están en vías de desarrollo y tienen como requisito de entrada las criptomonedas, algo que el experto ve como una desafortunada barrera. «Así, este gran y revolucionario salto no podrá ser masivo, no solo porque abrirse una cartera de criptomonedas exige cierta capacidad económica inicial, sino también conocimientos tecnológicos que no todo el mundo tiene», señaló el experto. Además, según Luis Meyer, aunque el proyecto no esté aún terminado, las empresas detrás de los metaversos dejan ya acceder a las personas, lo que ha producido una especulación abrumadora, por ejemplo, con terrenos y espacios virtuales.
¿Estamos ante un desenganche total del mundo físico? «Tenemos que dejar de ver el metaverso como una persona encerrada en su habitación con unas gafas de realidad virtual aislada de todo lo que le rodea», explica Peña a Ethic. «Estamos hablando de una nueva realidad, un cambio inédito de la infraestructura tecnológica, una confluencia de fuerzas tecnológicas -inteligencia artificial, 5G, computación en la frontera, computación en la nube… que va a definir lo que entenderemos por el internet del mañana, con una nueva dimensión a la hora de manejar la información, pero que va a ser contextual».
La ‘smart city’, ¿un concepto trasnochado?
Luis Meyer señala que mientras el funcionamiento de la sociedad se pixela, las ciudades, motores indiscutibles de la economía, han dado un paso atrás en su digitalización en favor de una mayor humanización. La fiebre por la smart city de la última década tuvo un final simbólico hace dos años con la retirada de Google de un proyecto que pretendía digitalizar el frente litoral de Toronto como nunca antes se había hecho con un espacio urbano. Dicho de otra manera: el gigante tecnológico quería convertirlo en un enorme entorno domótico. No obstante, sus habitantes se levantaron contra esta iniciativa que pretendía llenar de sensores hasta el último rincón y obtener información de todos sus movimientos en aras de una mejor calidad de vida, un aire más puro y un día a día más eficiente. Los ciudadanos, manifestaron entonces, querían ser los protagonistas de las decisiones sobre su ciudad, no meras «cobayas».
Ignacio Alcalde, arquitecto urbanista que ha participado en la redacción de la Nueva Agenda Urbana española, ratifica esta tendencia: «Estamos en una nueva fase del concepto de ciudad inteligente al que yo prefiero llamar inteligencia urbana; esto es, el triunfo de la sociedad, de las personas, frente a un paradigma tecnológico que explota los datos y los convierte en mercancía». El urbanista no reniega en absoluto de la tecnología en la concepción futura de las ciudades, pero la coloca en su sitio. «Ahora viene una segunda ola, de las que deberíamos llamar ciudades verdaderamente inteligentes que se desarrollan a través de tres pilares que tienen que estar concatenados y, en este caso, el orden de los factores sí que altera el producto».
Invertir en tecnología, ¿economizar en derechos?
«La transformación digital es una oportunidad para la economía española, pero al mismo tiempo es un reto enorme, del que no podemos desengancharnos aunque queramos porque tiene efectos disruptivos en el empleo, las ocupaciones, las habilidades, la desigualdad, la polarización…», advierte a Ethic Rafael Conde, doctor en Sociología y autor de Manifiesto 4.0: el necesario papel de la sociología en el equilibrio de la sociedad digital. A renglón seguido, el experto expone un escenario tranquilizador: «No hay evidencia, si atendemos a anteriores revoluciones tecnológicas, de que la actual vaya a tener un efecto negativo sobre el empleo. De hecho, en los últimos años estamos viendo que ni la automatización ni la digitalización tienen por qué implicar un mayor paro. Más bien al contrario: los países que más se han digitalizado y automatizado hasta ahora son precisamente los que menos desempleo tienen, por lo que la robotización por sí misma no genera más paro a largo plazo».
Y añade: «El problema está en los desajustes en la transición a corto plazo. Esto supone que el progreso tecnológico es, por un lado, complementario del trabajo cualificado, pero por otro es sustitutivo del trabajo más rutinario o mecanizado. Esto está llevando a una cierta polarización en las sociedades industriales avanzadas, porque el ritmo al que se crean las nuevas ocupaciones no está acorde con la destrucción de las anteriores, lo que crea recelos y que una parte de la gente se rebele contra el cambio».
La transición entre empleos que se crean y se destruyen debe ser eficiente y equitativa, y para ello hay que cambiar el foco. «En la última reforma laboral se ha visto una cierta mentalidad desfasada en la que sindicatos, patronal y Gobierno han buscado soluciones más orientadas a proteger puestos de trabajo que a las personas. No es acertado si lo que intentas es proteger puestos que la robotización se va a llevar por delante», dice Conde. Y razona: «En ese sentido, es más sensato buscar una solución que proteja a los trabajadores aunque entren y salgan del mercado laboral con una cierta velocidad, y que los periodos de desempleo sean lo más cortos y con la mayor protección posible».
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