Por Fernando de la Flor Arbulú

La tensión de una noche en la ciudad de Lima. Todo comienza con una llamada al celular de quien nos cuenta la historia, estando en una fiesta en Cieneguilla. La llamada la hace la amiga de una de sus hijas. Desde ese primer momento, transcurren varias horas durante la noche y se recorren treinta kilómetros.
Quien nos narra la historia es el autor de la novela, Gustavo Rodríguez, aunque en ningún momento lo dice, y el título del libro es precisamente “Treinta kilómetros a la medianoche”.
Paola, una amiga de Bárbara, la segunda de sus tres hijas, es quien llama para decirle que Bárbara ha sufrido un accidente y se encuentra internada en el hospital de emergencias, Casimiro Ulloa, ubicado en Miraflores.
El relato tiene un orden lineal: el narrador está acompañado de Karen, su novia, y tienen que salir rápidamente de la recepción para llegar a la clínica donde está Bárbara. Como ambos han tomado algunos tragos y están lejos, requieren un chofer de reemplazo. Entonces aparece Hitler, el nombre del chofer que conducirá el auto hasta su destino. Gustavo Rodríguez, con el oficio de escritor que ejerce con solvencia, mientras nos va contando estos arreglos previos, nos contagia la tensión del padre: desde qué le habrá sucedido a su hija Bárbara, pasando por cómo le ocurrió, para terminar, imaginándose los peores y más disímiles desenlaces. Sin decirlo expresamente, la angustia resulta evidente y la incertidumbre aún más. La sugerencia del escritor fluye sin que nos demos cuenta, naturalmente.
La novela lo que hace es relatarnos ese viaje nocturno, cruzando varios distritos limeños en el auto que maneja Hitler, sobrio e imperturbable. Hay momentos de largos silencios durante los cuales aparecen varios recuerdos para el narrador. Introspección, diálogo consigo mismo, preguntas sin respuesta.
El padre de Bárbara hace memoria de cómo conoció a Verónica, la madre de sus tres hijas, y eso ocurre desde que ubicó el departamento de unos amigos de cuando eran jóvenes, ubicado en La Molina, distrito por el cual pasan con destino a la clínica. Mientras tanto, se interesa en saber cómo se siente Karen, la novia, quien se encuentra descansando en el asiento trasero del auto que Hitler sigue conduciendo con mucho cuidado.
Gustavo Rodríguez, en prosa precisa y descriptiva, hace referencia a las marcadas diferencias de los barrios por los cuales van transitando: la clamorosa pobreza de los asentamientos humanos que escoltan la carretera a Cieneguilla, de un lado, y la ostensible elegancia de las mansiones que caracterizan a La Molina, de otro lado. Hay disquisiciones entre políticas y sociológicas que concluyen en confirmar la fractura real que divide a la ciudad de Lima.
Y así como el libro “Treinta kilómetros a la medianoche” advierte el abismo entre los diferentes barrios de la capital, nos convierte, también, como lectores, en receptores de los más diversos sentimientos humanos: las rivalidades familiares que nunca faltan, el amor filial que siempre está, los desencuentros con los amigos que refuerzan el vínculo, los pleitos que nos humanizan porque nos hacen sufrir. También hay alusiones al deseo carnal, al placer sexual, al amor inasible, a la ternura; en fin, a querer a quienes se ama genuinamente.
En el medio de ese ajetreo de recuerdos y reflexiones, llegan a su destino, a la clínica en Miraflores, al encuentro con Bárbara, hasta que Hitler devuelve las llaves del auto.
“Treinta kilómetros a la medianoche” es otra interesante novela de este logrado escritor peruano, Gustavo Rodríguez, quien, al tiempo de revelarnos un drama familiar, nos plantea una descarnada exhibición de nuestras carencias citadinas.

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